Por Julio Hazim
Si la oposición permanece dividida, facilita la permanencia del partido gobernante. No basta con denunciar al oficialismo, cuestionar sus políticas o multiplicar candidaturas. Para competir por el poder necesita construir una alternativa capaz de convencer a una mayoría. La fragmentación convierte diferencias legítimas en ventajas electorales para quien gobierna. Sin embargo, una alianza opositora tampoco puede limitarse a sumar siglas y repartir candidaturas. Debe existir un programa común, una visión de país y compromisos verificables. La democracia necesita una competencia real, pero también una oposición capaz de superar sus intereses particulares.

